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lunes, 12 de septiembre de 2016

EROS.


Es una algarabía de duendes en mis manos,
no una flecha,
Eros mismo partiendo mi esternón en su nombre,
la espada que divide la vida de la muerte,
y los ojos que veo cuando los míos cierro.

Tanta noche en el día, tanto día en la noche,
tanto veneno dulce que enajena mi boca,
tantas horas furtivas que sin moverse, huyen,
y estos besos que sangran de besar un recuerdo.

Difícil matemático, sin ninguna herramienta,
como un agrimensor que rotura hasta el aire.

Así me voy perdiendo en su máscara triste,
máscara que no puede arrancar de su rostro,
aunque canten los árboles, y la verde retama
se cubra, nuevamente, de flores amarillas.

Sea invierno o verano, primavera u otoño,
no florecen sus manos ni su tristeza cae,
no existen plenilunios ni sol en su mirada
donde derrama versos con su número áureo.

!Oh, batalla perdida! !Oh, kármica tortura!
Violento desalojo de mis propias entrañas,
¿por qué no me levantan en el Bollar en cruz
si ha sido el mismo cielo quien me arrojó los clavos?



©María García Romero.