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lunes, 8 de agosto de 2016

AYER.






Ayer,
esos vientos heridos, que la memoria alberga,
fueron un huracán quemándome por dentro,
quemándome las manos, consumidas, sin música,
en la palabra débil que para siempre muere.

Ayer rompí el espejo por donde te miraba
con las venas abiertas y los ojos cerrados.
Si pudiera mostrarte este caleidoscopio,
este vasto vacío que solo tú forjaste
-maniaco orfebre cuerdo, usurpador de lunas-
para besar, al fin, la muerte que deseas.


Hoy camino desnuda, la ropa ya no puede
cubrir en carne viva un corazón helado,
un corazón que ha muerto
cantando, cual un cisne, en un brindis al sol.

No olvido que te vi cavar mi sepultura
haciéndome invisible las veinticuatro horas.
!Qué pena de mí misma, qué suerte te deseo!,
cuando te den tus campos de la simiente, el fruto.






©María García Romero.